5.06.2006

La Ausencia

Hoy estuve media tarde aguardando por Fausto.
Yo había interrumpido nuestra cita dos días antes, por simpleza.
Ese día me sentía yo, vagabundo.
Con espera de no ver llegar a mi amigo,
pregunte por su paradero a todo morador que
comparte la puerta de la iglesia.
- debió ir a almorzar, especula la anciana,
ciega en un ojo por las cataratas,
- pero no se sabe demorar añade el cojo que cuelga de un bastón,
espere no más, me dice, pronto llega.
- Muy amable le respondo, ¿acaso usted vio hacia dónde fue?
- No, replica, acabo de llegar, come por aquí nomás,
no se sabe demorar.
- Si lo ve llegar, dígale que regreso.
- Si vaya no más, me abanica con la mano,
apenas le vea le digo
- Que pase bien.
Hice camino a lo largo del muro de la iglesia,
encamine la ruta de Fausto,
Fui al salón de almuerzos, pase por los baños públicos,
fui por la calle de los costales, de regreso por donde los pollos,
y nuevamente a la plaza.

Que pudo detenerlo pensé, es raro, casi nunca que no este.
Antes de subir por la escalinata pude observar que Fausto no estaba,
La señora de las velas; la señora Luz, se acerca para decirme que
hace poco estaba allí, que lo había visto, pero se fue,
quizás porque va a llover medita.
“Hay días que los custodios de la plaza
no le dejan escampar dentro de la iglesia”,
comenta en reproche la anciana.
“El pobre paso el aguacero del domingo
bajo ese techito, me cuenta.”
Me acerco donde el custodio y le interrogo.
-Qué tal amigo, ¿ha visto usted a Fausto?
Si, estaba dibujando, donde siempre, en eso llego un colegio a
ofrecer colada morada y vi que se acercó, pero de eso ya una hora.
- Bueno, gracias. Me alejo del custodio y camino hacia los escalones,
desde aquella altura paneo a lo largo y ancho de la plaza,
detengo la vista en los bancos, los umbrales de los balcones,
busco un cartel que me diga algo, una inscripción

Camino por el sector, paseo por las vitrinas,
detengo mi paso ante las curiosidades allí exhibidas,
juguetes de plástico, de hule, y hojalata.
Rincones que se prolongan de recuerdos, de momentos pausados.
Compro maní dulce y me siento a contemplar.
El esfuerzo de un anciano que apoya un armario a sus espaldas,
el cosquilleo de un noviazgo, imprudente, en un banco próximo.
Los niños correteando palomas, un borracho que alcanzó a sujetarse
de la última grada antes de caer del todo estropeado.

También hay mujeres, que por su fausto,
son una vanidad para el ojo.
Me gusta mirarlas llegar, desde el otro extremo de la plaza,
avanzan, con un capricho engreído, disimulado el escote,
se sabe mirada y actúa. Actúa como si el piropo no fuese para ella.
Bonita y presumida.
Me encanta aquella fisonomía lo que dura su paso desvanecido.
Y mantengo la mirada disminuida a lo lejos, en la plaza.
Luego de una estancia en aquella sombra de árbol,
regreso al umbral de la iglesia.
Para mi sorpresa, aún estaba ausente.
Me acerco a otra señora que acostumbra el lugar,
ella en cambio se acomoda en una pequeña silla amarilla,
con la espalda a la puerta de la iglesia,
acoge ella primera a los feligreses,
ofreciéndoles velas para la plegaria.
Ella tampoco sabe de Fausto y su paradero.
Le encomiendo a la señora una nota para entregar a Fausto.

Saludos amigo,

Pase a visitarte hoy miércoles, al notar tu ausencia,

he esperado media tarde.
Llámame cuando puedas.
Regreso otro día.
T.

Al llegar a casa, me comunican que hace unos minutos
había llamado Fausto, que no tenía crédito para continuar
hablando y que luego conversaríamos.
Que destiempo el paso de hoy día.
Pienso en Fausto mientras preparo un café.
A través del cristal se recuesta la otra mitad de la ciudad
que va a descansar. Fausto con su linterna de mano aprovecha
los últimos esfuerzos de las baterías, para iluminar los trazos
inconfundibles de su Cristo colorido.
Una mirada discreta a un amigo
Que calla mucho saber.

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